Festival del encaje y talleres abiertos
Cuando Idrija abre puertas, las casas se vuelven aulas y los hilos salen a la calle. En un portal fresco, una abuela guiaba dedos torpes sobre bolillos nerviosos, sonriendo ante cada error que luego fue acierto. Las vitrinas muestran décadas de motivos, y las plazas, risas y café. Es imposible irse sin prometer volver, quizá con paciencia nueva, quizá con un cojín de encaje bajo el brazo, oliendo a madera clara.